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Encuentro vivo entre soñadores

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La presente entrevista que le hice a mi amigo y maestro Fernando Soto Aparicio es parte integral de la crónica que, sobre su vida y obra escribí, cuyo título es: SOTO APARICIO SIGNADO POR LA REBELDIA.

Jesús María Stapper

JMS: Alguien trasciende los ‘Lugares del Sueño’, llega a un territorio, ejemplo: usted llegó a la Existencia: ¡Territorio de La Vida! Quizás surge un encuentro cercano con El Asombro. ¿Qué germinó en Socha, además de usted, el día de su nacimiento?  Igual pregunta sea válida para: ¿Santa Rosa de Viterbo, sus dos aldeas entrañables?

FSA: El día que nací, en Socha, 11 de octubre de l.933, hubo una especie de 9 de abril, por cuestiones políticas. La policía se enfrentó a civiles; y por lo que me contaron, mataron a un general retirado, veterano de la guerra de los Mil Días, Alejandro Sánchez, y me parece que, a su hijo y a su mujer, y a otros muchos ciudadanos y especialmente campesinos. Les dispararon desde los balcones de la alcaldía, cuando ellos, las víctimas, estaban atravesando la plaza, saliendo de misa. La política y la iglesia, como siempre, están detrás de toda la violencia a través de la historia, no sólo de éste país sino del mundo.

JMS: En el espacio de convivencia lúdica, un niño se aferra a ‘sus pertenencias’ como motivo, alcázar, tesoro, sentimiento. ¿A quiénes lleva, desde entonces, en las huestes de su corazón? ¿Son sus primeros amigos un atenuante para la vida?

FSA: Mi familia era pequeña: mi papá, Luis Arcesio Soto Martínez, funcionario del poder judicial, que escribía poemas, que sólo circularon en el ámbito familiar; mi madre, Isabel Aparicio Meléndez; mis hermanas, Olga y Alicia, y mi hermano Eduardo, mucho menor que yo. Lo demás, tíos, y una tía por el lado de mi madre. Tuve amigos en Santa Rosa de Viterbo: Gustavo, Rafico, Miguel, Hernán, Carlos, Leonel, Alonso, Pedro y otros. Tuve una novia, Anita, con la que después me casé cuando ella tenía l6 años y yo l7; tuvimos 5 hijos, que son excelentes personas, profesionales, trabajadores, amorosos, cabales; de ella me separé después de 35 años. 

JMS: El hombre se sostiene amparado en ‘el universo de sus raíces extendidas’. ¿Qué actividades desarrolló su familia? ¿Influyeron en lo que sería su proyecto de vida? ¿Alguno le mencionó que usted nació el mismo año de la desaparición de Vargas Vila quien partió al éter con “las rosas de la tarde”, a la sombra de “una flor de fango”?

FSA: Mi abuelo materno era Notario, y médico sin título, aunque muy eminente y famoso; mi abuelo paterno era funcionario judicial, relator de la Corte Suprema de Justicia. Mis tíos eran abogados, empleados bancarios, contadores, gente con un muy buen nivel de educación, inteligentes, capaces, unidos. Leí a Vargas Vila, a escondidas, porque leerlo en esa época era causal fulminante de excomunión. Me gustó su irreverencia, y las ideas audaces, y la forma como atacaba los poderes terrenales, entre ellos la iglesia. De resto leí a Víctor Hugo, Balzac, Flaubert, Sthendal, Alejandro Dumas, Julio Verne, Miguel Zevaco, Eugenio Zue, Zola

JMS: Un hombre nace con Derechos Humanos (connaturales), no los otorgan gobiernos ni Estados. ¿Cuándo supo que usted era dueño de una Patria? 

FSA: Cuando yo tenía l5 años, y mi hermano un año, le escribí un poema titulado “Himno a la patria”, donde le daba una visión muy soñadora y romántica de la Patria. Entonces, yo no tenía noción de la política, y menos aún de los políticos, y del daño irreparable que le pueden causar a un país. 

JMS: Los jóvenes de ayer, en el páramo, enredaron cometas en las nubes. ¿En qué momento el joven Soto Aparicio creyó que no debía creer porque ninguna verdad es verdadera?

FSA: Creo que el escritor es una duda permanente, y también un inconformista irremediable. Y eso nace con el escritor, y muere con él. Y la duda no se aclara, y el inconformismo no se colma. 

JMS: El hombre posee un cuerpo pequeño, no obstante, recicla pesadas cordilleras en el alcázar de su corazón (baúl de recuerdos): reminiscencias, avatares… maremagnos de alegrías y pesares. ¿Cuáles son sus reminiscencias? ¿Recuerda la primera oración que tachó en la ‘inicial consciencia’ de ser escritor? ¿El cine marcó alguna pauta en su literatura?

FSA: Leí desde los 5 años, mis lecturas de esa época eran una colección de cuentos fantásticos editados por Calleja. Luego, a los que ya mencioné, entre los 7 y los 9 años. He sido un lector de 3 a 4 libros por semana, todos relacionados con la literatura. De la música, me gustan los tangos, me ponen nostálgico. Me bailé (no muy bien, nunca fui buen bailarín) los boleros. Oigo con placer la música instrumental, no entiendo ni pío de la clásica, amo la colombiana, la del interior, algunas canciones del despecho (“Tan mía y tan ajena”, “El aguacate”) de esas que hacen llorar las rocolas. De las películas, recuerdo a Sofía Loren, luminosa siempre, a Mastroianni, de las mejicanas a Arturo de Córdova, Elsa Aguirre y Dolores del Río. He visto mucho cine, televisión, poco teatro, nada de ópera, algunas zarzuelas

JMS: A un gran escritor le indagan sobre paradigmas literarios guardados en su mar onírica. En su biblioteca viven, por ejemplo: Homero, Dante, Balzac, Víctor Hugo. ¿Hubo cercanía lectora con el ‘enredo popular de aventuras baratas’: El fantasma, Sandokán, Tarzan, Mandrake, Kalimán? ¿Leyó libros de pistoleros del western spaghetti: Ringo, Dyango, Sartana?

FSA: Literatura de cómics, no recuerdo. Leí libros de aventuras, Doc Savage, La Sombra, Pete Rice. Leí mucho, y me siguen gustando, las Narraciones Terroríficas, de las que incluso había una revista mensual. Me gusta Poe, Lovecraft, alguna literatura de anticipación como una novela de un autor ruso Iván Antónovich Yefrémov, “La nebulosa de Andrómeda”. 

JMS: Para saber qué tenemos… aplicamos la manía de mirar atrás. Usted es uno de los grandes novelistas latinoamericanos del Siglo XX, desde una ‘perspectiva pretérita’, en un encuentro con La Vorágine, La María, Aura o las violetas, Cien años de soledad, ¿cuál prefiere? ¿Algún favorito entre Silva Y Barba Jacob?

FSA: Me gusta “María”, es una bella novela que nos muestra las costumbres de la época, el trato con los esclavos, la cacería del tigre, los sueños tan limpios que no parecían de seres humanos sino de ángeles. Amo La Vorágine, la he leído al menos una docena de veces. De la literatura de América me gusta Doña Bárbara, que también he leído varias veces. De la gente que ejerce todavía la literatura, me gusta Mario Vargas Llosa, lo considero el mejor escritor vivo de América Latina. Me gusta Barba Jacob, también Silva y Julio Flórez, y mucho los poemas del amor de Laura Victoria, y los de Meira del Mar; me encanta Luis Carlos López, y de la gente de más acá, Carlos Castro Saavedra. De lo de ahora, nada en absoluto: la poesía se acabó, los poetas modernos la mataron. 

JMS: Referente a los escritores colombianos que son sus coetáneos, de grandes afectos para usted, entre ellos, el desaparecido amigo nuestro Manuel Zapata Olivella con quien compartimos escenarios, Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez, ¿alguna predilección?

FSA: Conocí y aprecié a Manuel Zapata Olivella; lo mismo puedo decir de Manuel Mejía Vallejo. De resto, no. A Mutis no lo conozco, y salvo “Ilona llega con la lluvia”, su literatura no me gusta. A García Márquez lo vi una vez en un coctel. Me gusta, de lo que ha escrito, “El otoño del patriarca”.  No tengo ninguna cercanía afectiva con los escritores, salvo tal vez con los hermanos Carlos y Pablo Pardo (editor), con Benhur Sánchez, y con Fernando Cely

JMS: A estas alturas del camino, puede decir que, ¿“las sabe todas” en su destino? ¿Qué siente por la deslealtad? ¿Repetiría su existencia?

FSA: Tengo muy pocos amigos, y por eso, no corro riesgo de que me traicionen. De la vida, me gusta que es un río que no tiene otra desembocadura que la muerte. La muerte es lo que le da sentido, dimensión, medida, esencia a la vida. Me conmueve profundamente un atardecer, el calor del sol, una flor, el sabor de una fruta, la belleza de una mujer, alguna música, los paisajes.  Amo a Libia Rosa, una mujer que me ha acompañado en los últimos 20 años, y encuentro en ella la razón de todo, y ella es la que me impulsa a escribir, a continuar viviendo, a amar el mundo que nos dieron, la pequeña pausa de vida que nos regalaron, no sabemos quiénes, ni por qué, ni para qué. Amo la brevedad de las cosas, porque soy consciente de mi finitud. Soy un ser para el olvido, o para el recuerdo, que viene a ser lo mismo.

JMS: De su estancia en Francia como diplomático ante la UNESCO, ¿qué trajo de esa cuna cultural como legado dentro de su maleta literaria?

FSA: De mi paso fugaz por la diplomacia quedó una novela, “La cuerda loca”, gracias a la cual jamás me volverán a llamar para trabajar en la diplomacia. Por lo demás, quedó un amor a París, muy grande, y un poco triste, como el amor que se siente por las estrellas de cine, o por las estrellas del cielo, a ninguna de las cuales podremos alcanzar

JMS: Fernando Soto Aparicio es escritor porque “le dio la gana” hacerlo o “por pendejo” como respondió a un periodista en Bucaramanga durante la realización de un evento en el cual participamos, hace algunos años. Lleva más de sesenta años de mundo literario construyendo un legado de perennidad. ¿Colombia le ha devuelto algo por lo que tanto que nos ha dado? ¿Le gusta su camino recorrido por la docencia, la comunicación, la televisión?

FSA: La televisión fue una forma de trabajo, que me permitió vivir por los casi 30 años que estuve diariamente vinculado con ella. La docencia, no es mi fuerte, es también otra forma de conseguir lo indispensable para sobrevivir. Me gusta escribir, es mi pasión, mi vocación, lo que me mueve, lo que me sostiene. Y leer. Pero en Colombia, y en la mayoría de los países tercermundistas, la literatura sólo produce satisfacciones espirituales, con las que no se compra un mercado. De lo que rentan los libros, una buena parte se la llevan los libreros, otra los editores, y una gran tajada se la comen los piratas. El escritor, es el que escribe, pero no el que gana. Ser escritor, en estos países, es ser pobre económicamente. Por eso, la mayoría de los escritores son o somos trabajadores de otros oficios que ejercemos como médicos, abogados, periodistas, docentes, para atender los gastos elementales de supervivencia. 

JMS: ¿A Fernando Soto Aparicio por qué le dio la gana de ser tan grande? ¿Por qué le dio la gana de nacer en un territorio llamado Colombia?

FSA: Nací para escribir, es lo único que sé hacer, lo único que hago con gusto. Pero para ir de enero a diciembre, y del nacimiento a la muerte, he tenido que hacer, y sigo haciéndolos, unos oficios, algunos más desagradables que otros. No es culpa de nadie, ni que yo naciera amando la escritura, ni que naciera sin dinero. Ni siquiera es culpa mía que siga amando la literatura, y que no haya tenido éxito en los negocios. Y cosa curiosa: en este momento, en que voy camino de cumplir 75 años, llevo casi 60 años trabajando, y no tengo una pensión ni nada que se le parezca. A mis amigos les digo, en broma, que tengo que trabajar hasta l5 minutos antes de morirme. Espero que la muerte me tome de su mano para llevarme al gran viaje mientras sigo escribiendo. Creo que eso es todo. (Un abrazo, Jesús María).

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